Entrada exclusiva para socios (Íñigo Redondo Egaña)

Treinta cadáveres en la acera. Hombres rotos con camisas azul claro y trajes azul oscuro. Hay zapatos errantes, que no son de nadie. Hay sangre resecándose, que no es de nadie. Un humo amarillo y violáceo flota espeso. Huele a fuego.
La policía ha llegado al poco. Treinta agentes, comandos de color caqui con botas militares, extraños pisando el asfalto y haciendo crujir un confeti de cristales diminutos. Enseguida han desplegado serpentinas de plástico de colores. Hablan con los muertos, sin tocarlos. No saben qué más hacer.
También ambulancias. Treinta médicos con batas blancas y estetoscopios que saltan en los cuellos. Y maletines con pinzas y vendas, muy pequeñas para tantas heridas. Ellos sí saben como tocar esos cuerpos.
Y los bomberos. Treinta guerreros con trajes recios de color naranja. Desembarcan de naves que esparcen luz roja y chillan doloridas. Penetran los muros por huecos polvorientos de los que asoman caobas quebradas y hierros desnudos. Ellos saben encontrar vida sepultada. Miran al pasar a los caídos y se estremecen.
Treinta muertes azules. Caqui, blanco y naranja quieren ahogar el dolor negro de una bomba negra y sola, de una locura negra.

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