Epílogo (Elsa)

Avezado en el arte de amortajar cadáveres, al joven le resultó más fácil asesinar que enterrar al juez que lo había condenado injustamente. Su pecado: Haber declarado muertos al comunismo, al arte, a la historia, a la verdad y a las ideologías. Y muertos todos — incluso el hombre— hallábase ahora deambulando por las calles con la fetidez de esos cadáveres, y con su existencia prefijada en el post-comunismo, el post-humanismo, el post-modernismo, el post-estructuralismo, la post-historia y toda esa inútil posterioridad, sin saber dónde enterrarlos.

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