Equidistancia (Paloma Díez Temprano)

Mientras coloca ladrillos, el albañil llora durante toda la mañana. Van ya construyendo por la cuarta planta. Ella,  desde la oficina le observa siempre. A veces lanza un suspiro y se levanta de su sitio. Le gustaría estar muy lejos de allí. Entonces acerca su rostro al cristal opaco, como si así, pudiera adivinar lo que le pasa. Las lágrimas del hombre caen en el cemento, formando una mezcla de dudosa adherencia. El viento mueve su chaleco, repleto de bolsillos y de herramientas que no parecen servirle. Un día, en la calle, ella le reconoce. Se acerca a él.  Tiene los ojos hinchados. Le pregunta por qué llora. Desconsolado y señalando a las oficinas donde la chica trabaja, él responde que siempre siente una mirada de pena, una pena muy grande, desde allí enfrente.

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