Esa colección de momentos (Francisco J. Becerra Pinos)

El gimoteo de mi primo. El hueso del codo le sobresalía de la carne. Un hueso limpio, blanco como un pellizco de algodón. No había sangre, es extraño. Ni recuerdo si era el brazo izquierdo o el derecho. Mi ciclomotor rojo, rojo de tomate pasado. Feo, grosero, subía mal las cuestas y apenas frenaba en las bajadas, difícil de llevar repelía a las chicas. No sólo los perros se parecen a sus dueños. Azul, un Renault 18 azul oscuro, olor a cigarrillos apurados hasta la boquilla, un Opel Corsa granate, olor falso a pino, un Citroen AX negro, olor a cerveza. No conduje ninguno. A cierta edad, los amigos imprescindibles son los que tienen coche. Escozor de primeros arañazos. La vida tiene uñas de gata recelosa. Algo se enciende, oscila cálido entre las costillas y las tripas. Enfermo cuando la miraba, moribundo cuando ella no me veía.
Una tras otra las caras, los nombres, los lugares. Se difuminan algunos. No esos con los que intenté alcanzar de puntillas el impulso felino de la infancia, que se desgasta mirando al espejo diciéndome: jamás serás un Rolling Stone.

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