Escamas (Inocencio Javier)

Uno siempre recuerda el lugar donde se enamoró por vez primera. Mi abuelo no lo recordaba. Alegaba males neuronales y despistes de taberna. La memoria es una amante desastrosa, farfullaba.
Siete. Uno no se enamora a los siete años. ¡Válgame Dios! Una mirada, dijo. Y, ¡zas…! Enamorado como un latido. ¿Puede un latido enamorarse? El abuelo decía que el corazón puede escapar por la garganta de cualquier enamorado cuando escucha la llamada de un corazón enmascarado. De esos hechos a medida. A medida de tus arterias, de tus tambores, de tu sangre. Como dos ballenas telefoneándose en una pecera.
Era tarde, cuando se lanzó al vacío (esa espumosa dimensión de la memoria) sin tener ni pajolera idea de articular las uñas demasiado alargadas, las entrañas… para no hundirse, morir y nunca resucitar.
La tarde siguiente apareció en la orilla de la playa. El abuelo juraba haber besado, respirado… en pocas palabras: sobrevivido, en la coralina garganta de una sirena. El manicomio está lleno de poetas, le dijo la abuela, entonces solo una niña con los pies en la tierra.

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