El escapista (Sandra Somera)

Las horas avanzaban lentas, arrastrando cada minuto con crueldad. El tiempo se burlaba de su agonía.  La urgencia lo consumía y no podía pensar en nada más que en salir de ahí.
Su vida vacía le sabía menos amarga cuando podía escapar del sinsentido del mundo. Todos viviendo en el caos, corriendo en círculos, engañados, ignorantes.
Y él, en su casa por fin como cada tarde, sintiendo que las paredes se cerraban y las sombras de sus recuerdos lo atrapaban, buscaba alivio. Y lo encontraba.
Escapar. Era bueno para escapar. Perderse en la nada, sumirse en la espiral de fantasía y euforia que anestesiaba sus sentidos.
Un día más. Cada escape le ayudaba a sobrevivir un día más. Y después repetir el ciclo incesante de su rutina sin camino, asfixiante.
Sabía que caía. Que el abismo se abría profundo y negro, y no podría salir. Más dosis; más intenso, más letal. No le preocupaba, al contrario. Estaba cansado, muy cansado. Quería paz.
La inevitabilidad de su propia destrucción le sabía a gloria. Porque hay cosas mucho peores que morir.

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