Estado de emergencia (María López)

“Ven a buscarme, me he perdido”, escribo a mi hermana. Sentada y paralizada en una cafetería que no reconozco, tengo miedo; he olvidado qué hago aquí. La gente me mira y entonces noto la cara mojada. El teléfono suena y cae de mis manos temblorosas al suelo. Una señora se acerca con las manos en alto y lo coge del suelo; me observa con preocupación. Habla por teléfono, no entiendo lo que dice, pero asiente. Cuelga y se acerca a explicarme algo, ahora, además, la veo borrosa. Entonces empiezo a llorar a cántaros y me cuesta respirar.

Intentan levantarme, grito y pataleo; me sueltan. Escondo la cabeza entre mis brazos y la mesa, cierro los ojos y sigo llorando ahora sin lágrimas. Me vuelven a sujetar: ahora es personal médico que me examina y preguntan a los demás, llaman desde mi teléfono. Me dejo hacer, me inyectan algo. Y sólo entonces, encuentro la paz que necesito.

Estoy en casa, en mi cama. Desearía tener una enfermedad física que justificara mi estado. Entra mi familia, me miran con pena e incomprensión. No sé qué decir, estoy rota, vacía, perdida. Escribo esto como una promesa de cambio: he levantado la mano para pedir ayuda y recuperar el sentido de mi vida.

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