Evasión (Ariel Alberto Díaz)

Como todos los días, de todos los meses, de todos los años, el desayuno transcurrió mientras la mujer se adueñaba de cada momento, poseía al noble silencio y lo plagaba de palabras. Éstas emergían de su bocaza como una avalancha devastadora; y lo envolvían, lo inundaban, lo violaban, lo sepultaban. Finalmente, buceando desde las profundidades, emergió chapoteando cerca de la puerta de calle, Esquivó la última andanada matinal y se escabulló hacia el trabajo. De regreso, el ritual continuó inexorable. Hasta esa mañana.
— ¿Qué te pasó en el dedo?
— Nada, ¿por qué?
La uña del dedo mayor había desaparecido. Pero no había sangre ni le dolía.
— ¿Qué te pasa en la mano?
Podía sostener la taza, pero sus dedos se estaban esfumando. Cuando se quitó el pijama vio sus brazos terminados en muñones y el torso erosionado en múltiples cavernas que lo traspasaban de lado a lado. La mujer observó cómo el aire inundaba con violencia el resto del cuerpo. Ríos veloces penetraron por las carnes y devoraron los últimos islotes. No quedó nada. Lo llamó, primero quedamente, y luego le lanzó una cerrada salva de palabras. Alcanzó a escuchar una risa que se alejaba y la puerta de calle que se abría.

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