Expulsión fulminante (Miguel Ángel Reyes)

“De mayor, me gustaría ser asesino a sueldo”. Raulito no entendió aquella cara de marciano del profesor, ni por qué llamó inmediatamente al director, y mucho menos la causa por la que se encontraba allí, con su madre, quien lloraba amargamente frente al tribunal del colegio. El niño tampoco comprendía la reacción de sus padres al recibir la carta que proponía su expulsión fulminante:
-“Tu abuelo pasó media vida recolectando aceitunas en Jaén y la otra media cargando ladrillos en Barcelona para que sus descendientes tuvieran una vida mejor, para que tú pudieras ir a un colegio de pago.”
-“¡Si es lo que aprende en esos vídeojuegos. Nada, la Play a tomar por culo!”.
-“Lo sentimos profundamente, pero la decisión es inapelable. No podemos consentir tres faltas gravísimas contra nuestras sagradas normas fundamentales”, tronó la voz del director.
-“¿Tres faltas? Pero si el juego del asesino lo compramos el sábado”, acertó a decir la madre, entre sollozos.
Los miembros del tribunal, aunque sorprendidos, callaron. Fue Raulito quien, de vuelta a casa, tuvo que explicarle que era la tercera vez que había respondido en español, para que el abuelo, desde el cielo, pudiera entender sus bromas.

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