Exterminio (Francisco Germán Vayón Ramírez)

Cuando ella le  dijo que si quería hacerla feliz desapareciera de su vida él contactó con una empresa puntera de alta tecnología.

Primero recurrió al láser para que borraran su nombre que, al poco de conocerla, se había hecho tatuar en los huesos. Después le cambiaron la sangre, único modo de eliminar por completo la agecimina que corría por ella. Más tarde le sustituyeron la piel, sin duda contaminada por su contacto, por una sintética con mejor efecto termorregulador y cien veces más resistente a la abrasión como pudo comprobar cuando la añoranza y el recuerdo lo llevaban a dar furiosos puñetazos en las paredes.

Más tarde no le quedó más remedio que recurrir a Harvard y someterse al programa experimental de un irreversible borrado de memoria. Fue el proceso más doloroso, porque muchos recuerdos se amotinaban, se resistían a  desaparecer, y hubo que extirparlos directamente del cerebro de manera quirúrgica.

Y ya de paso, como le habían aconsejado, se cambió el corazón por uno biónico, garantizado contra infartos y amores por cincuenta años.

Salió a la calle convertido en un hombre nuevo, con visos de ser feliz; aunque algunos decían que su sonrisa era algo estúpida.

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