Favoritismo (Al Manzor)

Llevamos en la sala casi dos horas y estamos aburridas. Por eso Laura me quita la mascarilla de oxígeno y me pone un lápiz debajo de la nariz a modo de bigote. Es nuestra señal para iniciar el juego de imitar al abuelo. Soy la mejor en esto y la única que se atreve a hacerlo delante de él porque, aunque finge que se enfada, yo noto que le divierte.
Con gente extraña delante, tengo que esmerarme, meterme bien en el papel. Respiro hondo, arrugo la cara y con voz ronca grito lo más alto que puedo:
—¡Cuántas veces hay que decir en esta casa que la hora de la siesta es sagrada!
Un relámpago de silencio inunda la sala. Todos nos miran. Hay caras raras y alguna risa contenida entre los mayores. Veo la mirada seria de papá que extiende el brazo y señala la puerta con el dedo: ¡fuera! Laura me mal pone la mascarilla, empuja de sopetón y se oye un ruido hueco al chocar la silla de ruedas con el ataúd, que con el golpe se tambalea. En el vaivén veo cómo el abuelo me dedica una sonrisa.

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