Felicidad (Uxía Otero Oubiña)

La ropa estaba tendida en el balcón y el viento la movía suave. El invierno estaba llegando a su fin, y se despedía de Salamanca con una tarde gris y tranquila.
Sonaba Moon River.
La luz que entraba por la ventana era digna de un cuadro de Hopper.

Fuera, todo fluía con una lentitud ilusoria, como si en el aire hubiera una norma no escrita, que dictase que ese día las prisas estaban fuera de lugar.

Miré hacia atrás y vi a Marina, sentada en una silla con su pelo rojo suelto y los ojos cerrados frente  a la ventana. Su piel blanca resplandecía ante los últimos momentos de la estación más fría del año. Ante ese maravilloso sol de invierno.
Sonreía, aunque de manera casi imperceptible y me hizo sonreír a mí.

Me senté en el sofá y solamente contemplé la escena, disfrutando de esa sensación. No sé cuanto tiempo pasó, pero poco a poco, fue oscureciendo, y la ciudad recuperó su movimiento habitual. Nosotras nos levantamos y volvimos a la rutina.

Fue un gran día.

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