Filiberto (Oscar Darío)

Filiberto estaba allí, sentado en la silla de madera reclinada a la pared restando los días. El cuerpo reducido a no más de  cuarenta kilogramos, enjuto, mostrando el contorno de los huesos. Melancólico, recordaba las amenazas de su madre de suicidarse si él llegaba a casarse. Con la glicemia colapsada, las piernas tan secas que no lograban sostener el peso del cuerpo y la vejiga no soportaba retener más de cien mililitros de orina. Solo dos almas sabían de él, doña Ramona cuando le llevaba los sobrantes de su venta de comida rápida del día anterior, y el compadre Milton, viejos amigos y compañeros en tertulias de bares.
Día a día se repetía la escena al frente de su casa, precaria y mal oliente como el mercaptano. Albergue deprimente de los recuerdos, con el fantasma de su madre rondándola y recordándole la amenaza. Dudaba cómo contar. Decidía entre sumarle uno más a la vida o restarle uno al tiempo que le quedaba por vivir, a la vez que rogaba porque no fuesen muchos.

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