Un final feliz (Verónica)

Éramos tan amigos y nos llevábamos tan bien que decidimos acostarnos, a ver qué pasaba. Y funcionó ocho años. Los seis primeros meses fueron los más felices (incluso los más felices de mi vida). Después, indómitas decepciones me llevaron a sentir desamparo donde antes me sentía bajo cobijo; inquietud donde antes solo habitaba la serenidad; rabia donde únicamente reinaba la dulzura. Pero le seguía queriendo y él a mí también, mucho, así que seguimos adelante. Se sucedieron momentos mejores, momentos peores y peores todavía que hicieron que nuestra relación se convirtiera en la enhiesta roca del poema. A mí se me fue erosionando; y a él, que le parecía imposible que nuestro amor pudiera abatirse, no le quedó otro remedio que aceptarlo.
No supimos nada el uno del otro durante un par de años porque habíamos decidido que era mejor así. En ellos aprendí una lección parvularia: nadie encaja con las coordenadas de nuestras fantasías. Cogí el teléfono y escribí las dos primeras letras de su nombre, acaricié el botón verde, escuché su saludó y hablé inmediatamente:
–He estado pensando… Aunque supongo que es demasiado tarde…
–Qué va. Te escucho.

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