Fotografía de playa (Fabián Dorigo)

Sonríe. Tiene los ojos abiertos, pero –ocultos tras sus lentes oscuros– no podemos verlos. En primer plano, dos jóvenes en bikini miran sensuales a la cámara. Unos metros atrás, casi fuera de foco, él sonríe.
Aguarda la toma mientras un tibio adormecimiento se extiende por su cuerpo. Sus palmas, vueltas al cielo, ofrecen al sol la parte interna de sus brazos, apartados del cuerpo para que se le bronceen también los costados del torso. Dejó su Rolex en el hotel; en su muñeca le hubiera arruinado el bronceado. Calcula el tiempo que lleva en esa posición desde que vio al fotógrafo. Parecía raro, algo siniestro, pero llevaba un bolso con una enorme calcomanía de la revista Cosmopolitan. Esa fue suficiente razón para que él decidiera girar apenas la cabeza, ofrecer su mejor perfil y esperar a ser inmortalizado por la toma. Entonces, sonrió.
Aún sonríe, mientras intenta darse la vuelta y descubre que ya no puede mover su cuerpo, los brazos apenas apartados del torso, las palmas hacia el cielo. En vano trata de gritar, capturado por la instantánea del fotógrafo que toma su bolso y se aleja satisfecho. Revuelve horrorizado sus ojos, pero –ocultos tras sus lentes oscuros– no podemos verlos.

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