Frío (Marisa López Mosquera)

Cuando abro la puerta al toque, con una suave patada, todavía no sé que todas esas veces que he perdido la paciencia y le he gritado se unirán como un corrillo siniestro llenándome de pánico y culpabilidad. Desde el techo no soy más que una figura inerte, la bandeja en las manos, el humeante té ajeno a nuestra tragedia, las galletas de jengibre que devora sin medida cada mañana. Me aferro por un segundo a una quimera e imagino que nada de esto es real. Que la cama revuelta y vacía no es más que un paréntesis y ella volverá aturdida y perdida como tantas otras veces, sin recuerdos. Pero al fondo, en el suelo tras la cama, está ese pie rígido. Y en la mesilla los envases volcados sin pastillas. Mudo, aterido, así me siento. Ni una pequeña porción de mi cuerpo puede escapar a la sensación de que me hundo en el hielo. Y de nuevo por un instante, mientras el metal gastado de la bandeja que aprieto entre mis dedos secciona la piel, quiero creer que la víctima soy yo. Muerto en vida, cuidándola durante interminables años. Confinado en un mundo hostil donde siempre hace frío. Sumergido tras una fina capa de agua congelada. Aguardando, esperanzado, a que alguien venga a rescatarme.

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