Grandes pizarras en las que apuntar lo que tienes y lo que te falta (Jorge Miguel Carrión)

No era bueno en demasiadas cosas, pero sí poniéndole nombre a las canciones. Él decía que tenía alma de poeta, aunque sólo lo decía cuando estaba muy borracho y quería impresionar a alguna chica. A veces le funcionaba y otras no.

Tenía una camiseta negra que compró en algún viaje del que no quería hablar. Era toda negra y cerca del hombro derecho tenía tres trazos blancos. Nunca sabías si iba o venía, si bromeaba o se lamentaba, si te hablaba o pensaba en voz alta… Lo que viene a ser un bicho raro, uno de esos tipos en cuyas manos jamás pondrías un arma.

Le encontré en el bar jugando a los dardos y estuvo contándome algo sobre unas recetas de cocina. Eran recetas de un libro de 1960 que él estaba adaptando como una manera de contar historias, de ver en lo que se habían convertido las recetas, las personas, la vida… me dijo que era una disculpa para no olvidar, para conseguir que todo fuera predecible.
– Ya lo ves – continuó- renuncio a un tiempo marcado por los relojes y renuncio a los calendarios que sólo tienen la importancia que nosotros les damos…
Di un trago a mi cerveza, un trago largo porque, verdaderamente, a veces resultaba muy difícil de seguir.

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