Grazalema (Eu Fernández)

Nada más enmudecer el primer diluvio de su infancia, Dodo corrió a sacudir las ramas de la higuera grande. Quiso la desgracia que, en vez de gotas de agua, cayera sobre su cabeza algún avispero, con tal violencia que le dibujó en la espalda un firmamento de aguijonazos en perpetua ebullición. Desde entonces, y hasta el día de su entierro, únicamente volvió a salir de aquella choza en descomposición durante las noches de San Juan, pues había desarrollado la inoxidable creencia de ser alérgico a la lluvia.

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