Guerrero con corazón de gallina (Lisandro Reholón)

Soy un cobarde. Soy un maldito cobarde. Peor aun, soy un soldado cobarde. Para sobrevivir, yo vendería mi alma y hasta a mi propia madre; esa es la verdad.

Desde pequeño quise ser militar porque pensaba que si aprendía a manejar armas me sentiría más seguro y hasta valiente. También pensé que el ejército, famoso por formar “hombres dignos y valientes para la defensa de la patria”, como reza su lema, forjaría en mí el espíritu guerrero propio de los soldados. Falsedad de falsedades. Valientes los hay en todas partes y la profesión nada tiene qué ver con esa condición. Igual sucede con los cobardes.

Las armas no me han hecho más valiente y, al contrario, el empuñarlas me hace sentir un blanco más proclive a ser atacado y de sólo pensarlo se me aflojan los esfínteres.

El miedo es como una enfermedad del alma que se transmite al cuerpo. Dicen que es natural tener miedo en situaciones de peligro y que de hecho el corazón bombea sangre a gran velocidad para llevar hormonas a las células de todo el cuerpo, pero esas hormonas parecen no conocer el camino a mis cojones. Yo soy soldado de profesión, soy un guerrero, pero tengo corazón de gallina

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