Hambre (Javier Sachez)

Dicen que nadar da hambre y él tenía un hambre atroz. Un hambre que cegaba. Tras dos horas de nadar en el agua, se veía capaz de comerse una ballena entera.
Por eso, cuando al fin apareció la comida ante su mirada se volvió como loco. No era más que una triste sardina pero parecía tan fresca, tan viva. No se lo pensó dos veces. Abrió la boca todo lo que pudo, sin pestañear, y se la tragó sin masticar, con espinas y todo.
De repente, sintió un dolor agudo y punzante que le abrasó el vientre, como si se lo desgarraran y, a la vez, tiraran de su cuerpo entero.
El sol lo cegó.
Sentía que se ahogaba y procuró entonces respirar con todas sus fuerzas pero los humanos, sobre la cubierta del barco, ya le habían rodeado. Él saltaba sobre la madera húmeda procurando regresar al mar. Los humanos le dieron la bienvenida a bordo con diecisiete furiosos golpes en la cabeza.
Él seguía con los ojos abiertos, como siempre. Nunca en su vida los había cerrado.

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