Hartazgo (Federico Mauriño)

Estaba sentada en la confitería del lujoso hotel. Tomaba el té, cejijunta. Ciega de furia miraba hacia la calle a través del gran ventanal; allí esperaban los vecinos del barrio de emergencia que poco a poco bajaban del camión, sorprendidos por su intempestiva decisión de abandonarlos. Desde afuera la observaban; ella permanecía impertérrita, vestida con su hábito blanco. Se notaba que sus botines habían trajinado en el lodo.
A su lado, dentro de una jaula que depositó en el suelo cuando se sentó, había dos gallinas. De plumaje ralo, habían perdido su iridiscencia tiempo atrás; ambas picoteaban el mármol a través de los barrotes.
Las huellas de barro habían quedado grabadas a fuego sobre la alfombra impoluta; se extendían desde la puerta giratoria, hasta donde se había instalado la Madre Superiora.
—Gallinas malas, gallinas malas —susurraba enojada.
— ¿Quiere que le traiga migas de pan para sus gallinitas, Madre? —sugirió obsecuente el mozo.
— ¡No! Están en penitencia; pero tráigame otra porción de lemon pie para mí.
— ¡Ahora mismo! Esta porción es atención de la casa.
— ¡De ninguna manera! —exclamó la religiosa—. Si aquí llevo el dinero de la colecta anual.

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