Hermanos (Asun Gárate Iguarán)

El día que Luis se metió en el río para coger mi pelota y se lo llevó la corriente, estuve toda la noche despierto. Yo siempre había creído que viviríamos tanto como nuestros abuelos. Y que dormiríamos juntos hasta casarnos. Mirando su cama vacía asumí que yo también podía morirme en cualquier momento, de repente. Pensé en tres cosas importantes que aún me faltaban por hacer antes de abandonar este mundo: afeitarme, pescar truchas a mano y besar a la chica más guapa del pueblo. Lo malo era que yo nunca hacía nada sin la ayuda de mi hermano mayor. Estiré el brazo hacia su cama y saqué su pijama guardado bajo la almohada, me aferré a la manga de la chaqueta igual que agarraba su mano cuando tenía pesadillas y le supliqué, una y otra vez, que volviese. Volvió al amanecer, empapado y con la mirada turbia de los ahogados. Dijo que me ayudaría con los pelos y los peces, pero no con Inés, a eso se negó en redondo. Luego se puso el pijama y se acostó. Desde entonces han pasado muchísimos años –quizás sea esta mi última noche– y Luis sigue aquí, durmiendo a mi lado, con el mismo pijama. Sospecho que no soportaba la idea de dejarme solo y que yo me atreviera, algún día, a besar a Inés.

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