El héroe (Cristian Méndez Paternina)

Cada nota que ejecutaba era como un grito de libertad.
Él amaba a su guitarra. Con ella entre sus brazos la tristeza y el rencor se convertían en las musas de su inspiración. La tañía dulcemente, y de ese acto de amor germinaban espléndidas notas musicales, círculos armónicos y arpegios que de otra manera no se le hubiesen ocurrido. La guitarra cantaba mientras él reprimía el llanto entre sus labios.
Canciones cargadas de pasión nacían libres y hermosas, pero eran de vidas efímeras pues se diluían en el viento dejando apenas el recuerdo vivo de su acústica retumbando en los oídos del ejecutor, que encontraba en ello motivos para agravar su nostalgia.
Se resistía a oírlas morir sin remedio, entonces, en un inmenso acto de amor, decidió encerrarlas en un casete. Ahora sus canciones eran esclavas también, las encerró para protegerlas, ¿qué estaba mal? ¡nada!, nada estaba mal: era indudable que allí estarían a salvo.
Después de mucho pensarlo bajó por las escaleras, entró al cuarto y le dijo “tienes razón, mamá. No debo ir a ese concierto”.
Ese día protegió a sus canciones, obedeció a su madre y dejó a su talento encerrado por siempre en lo más recóndito de su ser, a salvo.

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