Historia por titular (Helia G. Rivero)

Era ya muy tarde, pero no tuvo que despertar a nadie al salir. Sólo abriendo un poco la puerta, consiguió escurrirse hasta el otro lado y llegar hasta el portal. Allí dudó un momento pero, como otras veces, esa vacilación duró sólo unos minutos. De eso me enteré pasados unos días, cuando decidió volver, decepcionada por el fracaso de su aventura. Siempre solía tomar decisiones rápidas de las que luego arrepentirse, se detenía poco a meditar las cosas y le costaba aceptar ayuda, escuchar consejos. Ese día, tras escurrirse hasta la acera y enfilar la calle hasta la parada del autobús, sólo le rondaban dos cosas por la cabeza: no volver a encender el móvil y conseguir cruzar el pueblo sin encontrarse a nadie que le estropease los planes. Ya se había cansado de los imperativos, de las recomendaciones hechas desde ese paternalismo que tanto odiaba.

Ese día se colocó dos coleteros en la muñeca. Llevar el pelo suelto siempre le había generado inseguridad. Qué pelos, qué cara, qué andares tan poco elegantes. Comentarios repetidos hasta la extenuación. Ese día, como tantos otros, la aventura duró poco. Demasiado poco. Dos vueltas a la cerradura y vuelta al punto de partida.

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