El hombre de las mil caras (Albert Montero)

El hombre de las mil caras nunca muere. Camina por las calles al son de proclamas de alabanza. Muchos habrían muerto de no ser por él. Es el héroe salvador. Es el villano invisible.
Es de noche cuando me asalta. Antes de probar su ira, a mi parecer un tanto desafortunada, lanza en mí una mueca de afecto. ¿Qué pretende?, pienso, impotente.
Sólo me queda confiar en sus poderes. El afecto es el primero. Le sigue el orgullo: barbilla arriba y ojos punzantes. Me gusta.
La noche, sin embargo, decide lavarse las manos. No quiere ayudarme. El orgullo, creciente, se convierte en ira. Ahora sí. El hombre de las mil caras nunca se escurre. Enseña el brillo de los dientes en la negrura del callejón.
Su condición de héroe es imperfecta, no nos puede salvar siempre a todos, recuerdo. ¿Y si fracasa conmigo? Alea jacta est.
La hoja da la navaja penetra en mi vientre. El hombre de las mil caras no ha podido ayudarme esta vez. Pocas opciones me quedan de vivir. Ahora me ahondo en mis últimos pensamientos.
Por fin recuerdo quien soy. Vuelve mi primera cara. El hombre de las mil caras me mató hace mucho tiempo y, no obstante, mi tiempo culmina ahora. ¿Cómo se puede vivir sin ser uno mismo?

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