Hora de butaca (Javier Cuenca)

Hotel Meridian, habitación 1520
Una larga carretera que conduce hacia el infinito. Ocaso y vacío. Lineas arquitectónicas que cortan el paisaje. Frío. Desconsuelo. Más frío. Soledades.
Las sábanas soportan los olores caducos de los cuerpos deshabitados y tiembla la pequeña nevera de alcoholes agotados o a punto de agotar; el televisor escupe noticias imprecisas entre salto y salto de canal.
Ella se ha ido; se ha marchado hacia un lugar más allá de la consciencia, a esos mundos que borrarán su cara en un más que breve espacio de tiempo, incluso antes de poder desmontar todos los recuerdos.
El día, casi agotado, está gris y golpea. Los fantasmas aparecen desordenadamente por la habitación, recuperados del sueño en que les mantenía una presencia, un suspiro y una caricia procelosa e ingobernable.
Las historias ocupan el lugar de la realidad pero no tienen sentido; de nada sirve quejarse, tampoco ejercer. Quizás la vida no quiera seguir actuando y apague las candilejas definitivamente; quizás no, y todo pase a ese ‘no ser’ impreciso del pasado; no obstante, los pasos no hallarán caminos que conduzcan a alguna parte: no hay senderos fuera de la cabeza y su angustiosa capacidad torácica.

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