Hora nona (Javier Cuenca)

A veces, para saber si estoy vivo, malgasto las horas en el cuarto de baño a ver si alguien se queja; pero el vecindario se ha acostumbrado a esa estúpida manía mía, especialmente la del segundo sigue sin hacerme caso como no lo hacía ayer ni anteayer: creo que me he vuelto invisible para ella como para el resto del contingente humano.
En realidad, durante días voy de la cama al ordenador, a veces al dispensario -qué me gusta esta palabra- para ver si me recetan alguno de esos medicamentos que no quieren recetarme por no sé qué cosas legales del recetario.
De tarde en tarde, contengo la respiración para darme rabia, pero no resisto casi nada; debe ser porque mi cuerpo y yo llevamos siglos sin hacer eso que llaman ejercicio y que nunca supimos a qué estaba referido o si entraba en el campo del onanismo corporal o intelectual que tanto practicamos, tampoco hemos realizado ningún otro entrenamiento para aguantar la falta de oxígeno o de ambrosías o por las malas patas del destino. Otras, a escondidas, bajo a la calle y grito de madrugada bajo cualquier ventana encendida, pero sólo consigo escuchar furibundas semblanzas, soledades y un puerco desdén hacia mis desconciertos.

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