Huida (Carlos Luis Fuenmayor Palacios)

A la carrera escaparon, encontraron refugio en una vieja choza maltrecha a orillas de un río verdecido, taparon las ventanas con viejos trapos y se echaron en el piso jadeando y asustados. En la oscuridad pasaron el resto de la tarde y la noche, y la mañana siguiente.

Por la tarde el silencio les quitó el miedo, hicieron jirones los trapos y llenaron de luz la choza abriendo los ventanales de madera podrida. Sobre ese piso mohoso al fin desahogaron las ganas a sus anchas, sobre los gabinetes resquebrajados, sobre la estera percudida en el cuartucho oscuro al fondo.

Al quinto día ni la estera ni el piso pudieron soportarlos más. Él pasó tres días remendando una vieja batea de peltre tirada a un lado del pasillo, y allí al noveno día de su huida, en el agua cubierta por cayenas, terminaron de desencajar las bisagras que le quedaban a aquel amor escondido, con la furia de las ganas de romperlo ellos mismos, de no dejar a nadie esa satisfacción.

En la bañera lo encontraron a los veinte días, desnudo boca abajo sobre flores podridas y con moscas revoloteando. Lo único reconocible de aquel pobre diablo fue la sonrisa, el reflejo de satisfacción de una vida entera de deseo prohibido.

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