Humo (Abel)

Fumar en la intimidad, en la oscuridad de la noche, es en realidad algo fascinante, casi poético. La brasa, faro de placer, es la única luz que persiguen nuestros ojos, tal vez después de fruncir el ceño, e inevitablemente es consumida por la succión insistente de uno mismo. Hasta que la extingue por completo. Y el humo, alma última de presencia incandescente, asciende en suaves espirales mientras grita en silencio, voz del tormento que respira renqueante. En cierto modo somos como esa brasa, artífices de nuestra propia destrucción, lúcidos suicidas, atraídos sin embargo, y de manera inexorable, por el eterno placer de matarnos poco a poco, sin remordimientos, conscientes de manejar lo más valioso de nosotros mismos. De morir de pura poesía. Morir siendo una luz exigua en la noche.

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