Immortalis (Olaff Aguilar Gasca)

Al final, por mera casualidad, sirvió como escarmiento, pues a raíz del cansancio, vino el hambre, el hartazgo y la desolación; cansancio de un solo ente errabundo por el mundo: la muerte. Todo inició entre sus continuos paseos por las estaciones de autobús, o en el reparto de fatídica sed entre los desiertos, la muerte, en un agrío suspiro, miró sus viejas manos y la estela de ceniza que dejaba su cabello en la ribera del tiempo, y en un agrío suspiro, se vio longeva y cansada. Pidió permiso a las fuerzas divinas y se retiró a meditar a un bosque de flores perpetuas, donde se olvidó del mundo. Aquel que fue arrollado en la calle por un auto sin lesiones, se le acreditó un milagro. Aquella que quiso morir por heridas de amor no se ahogó. Y en medio de la guerra, aquellos que ofrecieron su vida, recibieron la metralla en el pecho y al ver su sangre convertida en arena, siguieron peleando. Por 30 años no hubo descanso. Caídos y sin municiones, contrarios ya hermanados por la ausencia de saliva y la boca llena de tristeza, acabaron la guerra, más entre la soledad y el polvo de los años, no se lloraron las vidas pérdidas, sino las preservadas. El mundo alzó la mirada.

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