En impro (Juancho Plaza)

Aquellos veranos eran solo nuestros. Creábamos mundos donde no había nada. Un castillo encantado en la encina seca del camino. Un océano en la charca de al lado del cobertizo. Un espeso bosque en el jardín de la abuela. Afuera, más allá de la cerca de la finca, el espacio, inquietante y oscuro. Prohibido. Improvisábamos sobre la marcha mil aventuras. De dragones y princesas; de piratas y navíos; de hadas y duendes; de selenitas y naves espaciales. Saltábamos de uno a otro como si fueran pompas de jabón que flotaran a nuestro alrededor. Hasta que descubrimos el teatro, con sus reglas. Y lo separamos todo en actos. Hasta que empezamos a plantearnos la presentación, el nudo, el desenlace; a rebuscar el vestuario en los arcones del desván; a escribir los diálogos. Hasta que llegó el primer el beso. Instintivo, delicado, tímido. Por exigencias del guión. Y nuestros mundos empezaron a estallar como globos que se hinchan en exceso. Solo entonces nos atrevimos a cruzar la puerta de salida. De enfrentarnos al espacio; inquietante y oscuro. Prohibido.

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