Instantes infinitos (Adrián Almalé Frago)

Corría el año 1895 cuando, en un rincón paradisíaco de Cuba, ella detuvo el tiempo dejando su impronta grabada en la isla y en mi piel. Pese a la dureza del momento y el contexto que nos rodeaba, consiguió darle a mi alma un momento único de excarcelación libre de preocupaciones, centrándome solo en ella. Bailamos toda la noche, reímos casi más que respiramos y saboreamos nuestros labios como si no hubiera mañana. Y, la verdad, no lo había. En aquel momento yo ostentaba la máxima figura del Partido Revolucionario Cubano y al día siguiente mi vida conocería su fin en Dos Ríos. No antes, por supuesto, de revivir sus besos en mi último aliento; haciéndolos eternos.

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