El Intruso (Aldo Merlino)

A  mitad de la noche el ruido lo sobresaltó. Con el corazón latiendo frenéticamente, intentó   agudizar el oído: otra vez… Ya no tuvo dudas, había un intruso en la casa.
En la oscuridad absoluta, tanteó bajo la almohada hasta tocar el frío metal de la pistola 9 milímetros. A su lado Sara dormía, ajena al peligro inminente.
Muy despacio, salió de la cama y con  pasos temblorosos cubrió la distancia hasta el salón. Los ruidos de alguien revolviendo cosas eran cada vez  más claros. Al borde del infarto, encendió la luz y… allí estaba. El rostro del intruso lo paralizó: ojos negros como la muerte, pelo grasiento y bigotes rematados por una sonrisa cínica. Era el semblante de la maldad.
De un salto, el invasor se abalanzó sobre él haciéndolo retroceder, al tiempo que dos estampidos desgarraban la noche.
Presa de un temblor incontrolable y con la pistola humeante aún en la mano, observó el cadáver inerte. ¿Qué le diría a la policía? ¿Cómo explicarles que solo quiso proteger a su esposa? Y lo más difícil, ¿cómo evitar que Sara le gritara como una loca durante dos horas, por haber acribillado a una rata a balazos, a las cuatro  de la mañana?

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