Jacky (Jesús Roberto Castillo González)

No asomaba la mirada, sino, a ella. Una belleza espléndida caracterizada a tallos delicados por alguien a quien mi madrecita rezaba impasible todas las noches y todas las madrugadas. Se llamaba Jacky. Éramos compañeros de segundo grado de kinder. Una edad aflorada por el amor. Mis compañeritos, porque amigos no tenía, ensimismaban sus credulidades en crayones e inocencias lánguidas. Yo existía por ella. En contraste a mi ser, ella no era reservada. Hablando de robots con forma de cachorros, de rubios de Barbie o de sus gustos por as golosinas, ella conversaba con todos, menos conmigo. A nadie le agradaba. Para nadie era simpático, ni para mis padres. Pero así nacemos. Sin nadie. Así morimos. Excepto yo. Yo viviría por siempre con ella, con mi Reina.

El jueves de clausura resplandeció intermitente en la confabulación azarosa de Venus y la gracia indómita de Orfeo. Por error había traído mi mochila. Emergí las tijeras con una mano, la otra sacó una hoja morada. Recorté un corazón que parecía un triángulo por sus esquinas puntiagudas. Esperé al final de la ceremonia y la jale al silencio.
-Jacky, eres mi cempasúchil.
-¿Soy tu flor de muerto?
-No. Eres la flor por la que yo muero.

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