Julio en diciembre (AUGUSTO SANHUEZA VERGARA)

Ronda los quince. Un día llegará a ellos de polizón.
Se embarcó en la vida cuando tenía siete años. Llegaba a la escuela  a tomar desayuno a las ocho y quince. Y eso era todo.
Para Julio la vida fue durante algún tiempo caminar dormido y tomar desayuno a las ocho y quince. La leche en la escuela le calentaba el estómago y el pan con el paté de tarro le sabía a lo máximo que podía desear y querer. Y eso era todo.
Hasta que lo invité a jugar fútbol y le enseñé a leer. Ambas cosas las aprendió en dos meses, justo cuando terminaba el año. Tantas patadas le dieron en el fútbol que lo vi llorar hasta que aprendió a darlas. Y si lo vi reír fue cuando le puse un siete porque escribió J-U-L-I-O. Y, después: “me llamo Julio”.
Tenía aprendizajes y afectos atrasados. Por eso aprendió a leer y a jugar fútbol sólo al final del año. Cuando me despedí, le dije que las patadas en el fútbol son como las letras: ambas tenemos que juntarlas para entender el juego. Pero que en la vida lo importante es no quien da más patadas o junta más letras, sino qué  hacemos con ellas.

Debe ser por eso que cuando lo veo se pone colorado. Y ahora que ronda los quince, sonríe.

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