Justicia (Emilio Ángel González Pérez)

-¡Vamos a comernos a Bambi!
La niña era una de esas criaturas que se tildan de “angelicales”, con rizos rubios y ojos azules. Su risa aguda llenaba todo el restaurante. Alguien le había dicho que aquella carne eran escalopines de ciervo y su infantil malignidad, espoleada por ese  descubrimiento, se derramaba a borbotones nerviosos Eché una ojeada a sus padres. Ella, muy peripuesta, bastante guapa a su modo, aunque nunca me ha gustado ese tipo de mujeres tan  artificiosas, máxime si las ves junto a su exitoso y poco agraciado marido. Declaraba su condición de adorno descerebrado. Observé al tipo, grueso pero fuerte, con su calva rapada sudorosa, la sonrisa de autosatisfacción. Evidentemente estaba en la cima de su montaña de mierda, no me incumbía como hubiese subido.
Volví a concentrarme en mi ensalada y reflexioné sobre el mal efecto que me había causado el grupito al completo. En mi profesión no son buenos los juicios, al contrario, conviene adoptar una actitud desapasionada que  favorezca la precisión. De todos modos, bala por bala, sentí un escalofrío de placer al amartillar la pistola. Como si hiciera justicia a un  triste recuerdo de mi niñez en aquella vieja sala de cine.

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