Kumiko y la montaña (Rosa)

En el año 1750 de la era Qianlong, Kumiko tenía 18 años. Era una niña con trenzas azabache y calzado ordinario, hecho a mano; pero podía dar las gracias porque donde vivía, en una aldea sin nombre en la montaña de Yunnan, casi todos iban descalzos.

Todos los días del quinto mes del año Kumiko organizaba el ascenso. Antes de que su familia despertase, secuestraba cuatro gusanos de seda que su madre criaba cuidadosamente para venderlos a la Francia Meridional. De aquel grupo de mil huevos, unos tantos morían y pocos producían seda. Se sentaba en la ladera, casi ritualmente:

— Cangjie, Dios de mi corazón, manda este regalo a Louis Jecourt.“Hasta el fin del mundo” –exclamó. Y los lanzó por el ribazo envueltos en un trozo escrito de papel de xuan.

Habían pasado tres años desde que Louis se despidiera allí de Kumiko, prometiéndole volver cada mayo, cuando los huevos se abrieran. Los amantes acordaron escribir el ideograma de la montaña; así sabrían dónde esperarse.

Kumiko cumplió su promesa hasta el final de su vida. Para su último ritual había aprendido a escribir “anhelo”. Para cuando lo había logrado se decepcionó: la forma no se parecía lo más mínimo a una montaña.

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