La adivina (Paola Sualvez)

La extraña habilidad se incrementaba con los días. Al principio era sólo una entretención, una novedad. Sin embargo, los rumores se extendieron confirmando por uno u otro acontecimiento que las profecías de la enigmática joven eran ciertas. La romería se multiplicó como granos de arroz en las mañanas y en las tardes de todos los días hábiles y festivos. Le bastaba con mirar las facciones y los colores y las vetas de los iris para expeler, casi en trance, la verdad que algunos no querían escuchar. En su casa todos los espejos estaban cubiertos con gruesas mantas de colores tejidas por artesanos. No había nada que reflejara su rostro, de acuerdo a sus deseos, porque no quería conocer su futuro; le bastaba con lo que ya había vivido. Pero el rencor creció en la muerte al verse burlada por algunos que no aceptaban su destino. Y fraguó miles de planes sin éxito hasta que decidió ella misma presentarse ante la adivina. Desde entonces los hombres dejaron de morir, y ella (la muerte) vive relajada y tranquila en una isla del Caribe tomando Margaritas.

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