La anestesia (Andrés Enrique Lucz-Ligeti Ulloa)

Bajo el frío de la noche estrellada, el silencio componía las más melodiosas tonadas. Era la música de la vida, la música de la nada. Era él acercándose a la cara de ella, sintiendo que el sabor de su aliento era propio, hundiéndose en el húmedo letargo de un beso. El sopor cálido lo dominaba en ese falso intento de romper la dualidad, de ser uno.
– ¿A qué hora te vas? –le preguntó ella.
– En una hora.
– Déjame morderte el labio – le pidió con voz melosa, mientras tiernamente rozaba su mejilla con la de él.
Es que ese era el rito semanal desde que él debía partir cada domingo, para no volver sino hasta el viernes. Una marca de propiedad para aquietar sus inseguridades o quizá un mecanismo compensatorio. “Si yo debo sufrir tu partida, pensando que pueda aparecer otra, cuando menos déjame arrancarte algo de dolor de tu boca”. Él jamás se negó, gustoso entregaba su sangre en prenda de garantía.
Nuevamente se entregó al dulce embeleso que concluyó cuando la boca de ella acarició su labio inferior, succionándola, y sus dientes se enterraron en la carnosa presa.
– ¿Estás sangrando?
– Si.
Entonces ella sonrió.

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