La bisagra (Carlos Alonso Aldea)

La puerta de la habitación estaba atascada desde hacía semanas. Si intentabas forzarla, gemía y se quejaba, como si pudiese desmoronarse en cualquier momento. Iba hacia casa cuando me acordé de ella y pensé que debía tratar de arreglarla. De camino hay un centro comercial con una de esas grandes ferreterías y no me costaría mucho hacer una parada.
Iba hacia la tienda cuando vi a mi mujer en el Starbucks. Tomaba café junto a un desconocido con un traje gris; los dos parecían contentos. Podía ser un compañero del trabajo. No lo sé. No quise que me vieran y di un rodeo hasta llegar a la tienda. Pasé el resto de la tarde buscando piezas y tornillos, yendo de un pasillo a otro.
Cuando llegué a casa, ya era tarde. Ella miraba la tele y hojeaba una revista sentada en el sofá. Saludé y subí a la habitación con la caja de herramientas. “¿No vas a cenar?” me dijo. Necesitaba ver la puerta; comprobar si las piezas valían. “Será solo un momento” contesté. Pero no servían. Quizás eran demasiado grandes; o quizás había estado demasiado tiempo atascada. Una profunda grieta surcaba la superficie desde el costado. Puede que ya no tuviese arreglo.

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