La bolsa (Estanis Sanchis)

Y, de repente, una bolsa de papel aterrizó sobre la mesa, de la cual se desprendía una delicada mano, fina y blanca, que abría poco a poco sus dedos con una suavidad propia de una persona tan especial. Al girarse, comprobó que efectivamente era ella, estaba allí, tan temprano, y con aquel sol por sonrisa, que iluminaba cada rincón de aquella prisión a la que llamaban trabajo.

Se saludaron y se marchó. Y al instante, notó ya cómo la calidez que desprendían aquellos ojos tan tiernos iba alejándose poco a poco para dejar paso al frío de la mañana de un lunes de febrero.

Resignado, volvió su mirada hacia la bolsa y acercó sus dedos torpes e impacientes por conocer lo que albergaba en su interior. Y, sin moverla apenas, ésta desprendió una nube invisible del olor más embriagador que él recordaba en muchos años. Era dulce, muy intenso, pero no empalagaba; todo lo contrario, poseía una especie de imán para su nariz, que continuaba pegada al cartón. Percibía matices florales, como de rosas debió pensar, o como él creía recordar que solían oler. Aquellas rosas que hacía tanto tiempo que no regalaba a nadie y que sacaban a relucir su lado más sincero y desprotegido.

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