La bufanda azul (Ana Lía Olego)

Apenas se coloreaban las primeras mandarinas, yo empezaba a trepar al árbol. Mi abuelo me perseguía. No había cosa que le preocupara más. Por suerte, él siempre se anunciaba  silbando.
Ese día no pude reaccionar a su llegada. Según me contó después, me encontró pálida  e inmóvil en una de las ramas más altas. Su mirada siguió a la mía y la vio. Una tarántula inmensa, despistada, avanzaba hacia mí. Mi abuelo sólo atinó a despacharla de un bufandazo, con la bufanda azul, la que yo le tejí, fruto de mis desvelos iniciales con las dos agujas.

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