La celda ochenta y siete (María Victoria)

El chirrío pétreo de estos cerrojos encarna mi vida hecha añicos hoy. Cierra la maldita puerta con brusquedad. Sin importarle a alguien si estoy preparado para la peor convivencia a la que se enfrenta alguien, aquella de vivir consigo mismo.

Ese ruido dichoso saca a relucir una mirada de deshonra en mis ojos. Trato en vano de esconder mi vergüenza. Quedo abatido y sentado sobre unas sábanas frías que cubren la litera ochenta y siete. Roto por dentro pero impecable por fuera.

Los ángeles han huido despreocupados tras la sentencia judicial. Comparto sombra con mi liderazgo manchado por una fina rubrica dibujada clandestinamente sobre papel manchado. Aquí no hay paraísos, ni privilegios. Aquí no solo soy uno de ellos, soy uno sin más.

Fotos familiares de otros presos cuelgan en las paredes y azotan mi sien con una sensación desconocida hasta ahora: el miedo. El sonido de esas barras de hierro sigue sangrando incesantemente en mi cabeza.

–Todo está bien– susurro entre dientes una y otra vez intentando mantener la calma. Se adueña de este lugar un silencio ensordecedor. No se escucha nada ahora.

De pie, agarrando fuertemente los barrotes que cierran mi celda empiezo a gritar.

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