La cerveza perfecta (Álvaro López Ferro)

En lo alto de una casa del Sacro Monte estaba sentado en una terraza. Dos toldos blancos abiertos dejaban pasar a un todavía débil pero luminoso sol de primavera. Sierra Nevada brillaba, con todas las cumbres cubiertas de una capa blanca y uniforme de nieve. El viento y el sol se peleaban en la temperatura de la piel de forma agradable. Eran las 4 de la tarde, después de comer, y estaba solo. Con un gesto rápido del mechero abrió la chapa de la cerveza, escuchándose el siseo del gas saliendo. Cogió uno de los botes vacíos de garbanzos, y dejó caer lentamente la cerveza, inclinando el vaso. A través del color marrón tostado se dibujaba la Alhambra, y el Albaicín debajo, hasta que ambos fueron cubiertos por una espuma ligeramente dorada. Recostó los pies en un taburete, se acomodó en el sillón, y dio un buen trago.  Tenía todo el tiempo del mundo para tomarse una cerveza.

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