La derecha de Kafka (José Luis Melgosa Andrés)

Me había preparado a conciencia, aislado del mundo,  recluido en mi madriguera, con el fin de concentrar toda mi energía hacia un solo objetivo: devolver cada uno de los golpes y pasar al otro lado, empleando la precisión  de un cirujano y la fuerza de un titán. Estudié a mi oponente. Conocía  la fuerza de sus ataques y el lugar preferido  sobre el espacio.  Memoricé sus gestos y los detalles  que delataban su cansancio. Sin embargo, a pesar de un plan perfectamente  diseñado, una y otra vez mis lanzamientos se estrellaban; la fuerza de mi brazo derecho no era suficiente y la trayectoria de mis golpes  resultaba  imprecisa. Siempre me quedaba en  este lado, mirando embobado  el horizonte, buscando respuestas más allá de la línea, sin hallar otra cosa que mi impotencia,  una inoperancia que se me antojaba injusta, porque había invertido los últimos años de mi vida en aprender. De hecho, vivía  exclusivamente por y para esa ocasión, porque solo contaría con una oportunidad. A pesar de todo mi esfuerzo, exhausto y desolado ante el fracaso,  consumé la decepción y decidí sentarme y asumir mi incapacidad. Entre dos jueces me auparon en volandas y, finalmente, fui desalojado.

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