La despedida (Macarena Fedriani)

Ray era un importante hombre de negocios y acostumbraba a trabajar siempre hasta muy tarde. Yo me hacía la celosa y le recriminaba que se acostara cada noche con gráficos de barras y cotizaciones. Él sonreía y me besaba con ardor a modo de disculpa.
Quizás por eso quedé atónita aquella tarde en que apareció por sorpresa en casa. Seductor y misterioso, me pidió que lo dispusiera todo para salir a cenar. Avisé a Jackson, el mayordomo y a Pity, la camarera, para que nos acompañaran y llamé a la niñera.
Fue una cena inolvidable. Ray pidió foie, caviar, ostras y champán. Se pasó toda la velada hablando sin cesar de nuestra vida, del amor, de los sueños incumplidos, de las decepciones. Me agarraba la mano con firmeza y repetía cuánto me amaba. Luego, exaltado, se levantó y me llevó hacia la playa. Ante los ojos atónitos de Jackson y Pity, que sostenían los paraguas, bailamos y giramos, giramos y bailamos, mientras las agujas del reloj se detuvieron por un instante.
Al día siguiente, los periódicos hablaron del Jueves Negro. El teléfono sonó. Se me cayó de las manos. Ray, en su despacho de Manhattan, había elegido girar y bailar para siempre, libre, a merced del viento.

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