La elección (Juan Carlos Huerta Quintero)

Con cada domingo muere la arrogancia enumerada de juzgar siete veces a una semana, con el albedrío encadenado por jamás disponer como venerado patrono de un séptimo día. Quizás por ello, un atribulado Cerati surcó a cantos la insurrección en vez de desgañitarse con la razón, tarareándole a un Dios inerte la subversión de un ¡No Descansaré! Que conspira insidioso en abreviaturas de folclóricas comparsas, porque como el nacionalismo o el separatismo, el jolgorio está en suplantar disidencias por dogmas al servilismo. Y así, se escenifica la tarima del show para un bastardo domingo, que por ambiguo o por somnoliento se aprovecha del trasnocho, columpiando amanecidos hasta deslizarlos en un tobogán acaecido por el sainete electoral. Viéndolos pasar, detallas el bailoteo de resentimientos, ignorancia, pesimismo, esperanza, masoquismo y correspondencia en continuar con lo mismo que soberbiamente juran cambiar de golpe y porrazo, con tan solo la huella dactilar de un estrambótico pulgar erigido a votar. Prosiguiendo en cola de lustros y decalustros hasta marchitarse en centurias; allí insisten cíclopes, princesas, minotauros, brujas, usted y yo… procurando la elección de lo ya electo.

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