La enfermedad (Daniel)

Amanecía despacio, el cielo se estiraba sacudiendo las copas de los árboles como marionetas. Era otoño, y la luz de aquellos días rasgaba las gotas de resina que salpicaban las hojas encogidas y secas del suelo. Cuando la escarcha del rocío se mezclaba con la resina las hojas parecían desperezarse de un largo sueño amarillo y pesado. Así llegaban los días en la granja ocurriendo todo en el mismo instante, el otoño, la luz, la resina… mientras yo miraba desde el cuarto del servicio la casa de muñecas, tan alta como los árboles más jóvenes de la arboleda, con su majestuosa torre gótica en la esquina norte y los grandes ventanales pintados a través de los cuales la veía a ella jugar todas las tardes.
La recuerdo desenredándose el lazo de sus rizos cuando entraba corriendo por la pequeña puerta ansiosa de jugar con sus muñecas. Odiaba los vestidos largos que le obligaba a ponerse su padre, por eso se los arrancaba nada más entrar, ocultándose en su pequeño palacio, jugando casi desnuda. No la he vuelto a ver jugar desde que el médico del pueblo anunció la enfermedad a su padre.

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