La foto (Víctor Claudín)

El brazo de un niño, la pierna de un muñeco, el testículo de un negro, el vientre de una madre embarazada, la rueda de un coche descapotable… no, eso no, o sí, un Ferrari de juguete, sin ruedas, sin capó y sin volante. Todo lo llevó la mar hasta la playa desde barcazas naufragadas. E incluso cadáveres enteros, sólo gastados. Muñeca rota. Niño muerto, de espaldas. Los fotógrafos se ceban en la noticia para conseguir imágenes macabras. Alguien lo tiene que hacer, alguien tiene que ayudar y alguien tiene que contarlo, aunque casi nadie escuche porque siente vergüenza, o miedo, o hasta enloquece. ¿No salen veladas, o desenfocadas? Apunta bien, y dispara. Otros matan cuando aprietan el gatillo. Todo es cuestión de comunicación social. La muerte da mucho juego, mil veces más si se trata de menores, que también viajan desde el territorio de la muerte a la muerte en otro territorio. No hay perdón ni salvación, están destinados a la destrucción desde el hambre y el miedo. Ellos sobrevivieron a las bombas para emprender un viaje a ninguna parte. Y les llegó la muerte que no les tocaba, la muerte en un lugar que no les correspondía; una muerte fea, fotografiada.

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