La hoguera (Federico Maximiliano Jordan Muiños)

La brasa furiosa calienta su agotado cuerpo. El tenue calor solo alcanza para que su carne y huesos tiriten sin descanso, movimiento violento que entrecorta su respiración y retuerce con crueldad el humo que se alza frente su mirada.
Un susurro llama a su alma moribunda. Su cabeza gira y sus ojos se abren enormes ante la expectante figura: carne putrefacta, ojos inyectados en sangre seca, nariz ausente, ropajes estropeados y una gran hoja de metal que se hunde en la realidad misma.
Una risa nerviosa escapa de sus labios. Solo queda aceptar el destino o intentar dar una batalla final. Su testarudez decide sujetar con firmeza el pomo de su espada. Sin embargo, la resignación cala hondo en la médula de sus huesos.
La figura lo degusta con la mirada. Sus ojos brillan en un carmesí tenebroso. Se acerca a su presa, abre la boca y un olor sulfúreo emana de ella. El caballero se estremece, cae sobre una de sus rodillas. La espada, ahora hundida en el suelo, sirve como bastón.
— No voy a permitir… —confiesa débil.
— No debes permitir nada —se agazapa y sujeta el rostro vencido—. La elección está hecha —le sonríe.
Su visión se nubla, sus párpados se cierran.
“Game Over”.
— ¡Otra vez no!

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